martes, 25 de junio de 2013

26 de Junio: Día del Servidor Penitenciario Dominicano


 

POR WILFREDO MORA

                                                        

El sistema penitenciario dominicano se ha vuelto sumamente común, y corre el riesgo de estar totalmente gastado. Nadie hace caso, pero es necesario reconocer que las prisiones dejaron de pertenecer al viejo método de sistema residual, desde donde le gobierno le impregnaba autoritarismo y aumentaba la violencia en esos lugares de los ofensores e inmorales delincuentes. Ahora le corresponden al Poder Judicial, a través de los jueces de ejecución de pena. Esto entraña una nueva orientación en la misión de la pena: la judialización y el cómputo de la condena.

Desde la década de los años 80, mediante las leyes  223 y 224, del 26 de junio de 1984, G. O. No. 9640, que crea la Dirección General de Prisiones como una dependencia de la Procuraduría General de la República, e instituye el Perdón Condicional de la Pena, y luego de la iniciativa de estas leyes, la Oficina Nacional de Administración y Personal (ONAP), Departamento de Organización  y Métodos, en fecha 25 de octubre, 1984, firmado por la institución, el encargado del departamento, un analista, un abogado ayudante y una secretaria; y por la D. G. P., un coordinador y un auxiliar, anotan la siguiente nota: “Manual de Funciones. Borrador para su discusión”, a solicitud formulada por la Dirección General de Prisiones, elaboró un borrador de Reglamentación interna. Este documento contiene las funciones principales que la Dirección deberá realizar para alcanzar sus objetivos de su recién creación, así como una descripción de cada una de las unidades administrativas que integrarán su estructura orgánica son la memoria histórica de la labor penitenciaria en la sociedad dominicana.

 

Un servidor penitenciario es un visitador de reclusos. De esta necesidad de asistir al privado de libertad por haber violado o no una norma legal es que nos referimos a esta institución jurídica de los servicios de prisiones.

Al conmemorarse el 26 de junio el día del servidor penitenciario dominicano (relacionado con la ley de régimen penitenciario de 1984), nos vemos compelido a pasar revistar a mundo de ignonimia que es la cárcel dominicana. Como he dicho antes y como sigo diciendo: el sistema penitenciario se ha vuelto sumamente común, y corre el riesgo de estar totalmente gastado.

Es una fecha conocida en otras latitudes, donde vemos un concurso mejor integrado de uso que deben seguir las prisiones. Antes se tenía mayor interés por recordar esta fecha, hoy es tomada menos en cuenta por la ciudadanía, si bien es cierto que desde el organismo se celebra una misa en su conmemoración. Pero a juzgar por el estado actual de los Patronatos de reclusos, la incapacidad de conformar una Capellanía general, los rasgos de penales como si todo aquello fuera un cuartel, además de la arbitrariedad del encierro, sus funcionarios apócrifos, pues, no sabe uno que mensaje dirigir a los servidores penitenciarios.

La modestia tiene sus derechos, en la inmensa virtud del servidor penitenciario, que se entrega a los reclusos con dulce sentimiento, que decide un día visitarlos, sólo guiado por amor y caridad a los seres humanos que más sufren en una sociedad. Los servidores penitenciarios son los que visitan las prisiones, con pareceres de estar autorizado por sus funcionarios, habrá dos clases de visitadores: «unos que irán en nombre de la ciencia, otros de la caridad; unos cuyo objeto será estudiar al delincuente, otros que se propondrán consolar al hombre, enseñarle mientras esté preso y ampararle cuando salga. Aunque los visitadores diarios son los empleados y funcionarios que han de hacerse cargo de la vida de los hombres infames que ya en la prisión, es necesario verlos como dignos de misericordia y caridad».

Los dignos hombres que quieren entrar en las prisiones con un objeto plausible, son los verdaderos servidores penitenciarios. Los hay convertido en empleados y los hay (siento que pienso en un ser extraordinario como lo es Mamá Ninón) que conformarán patronatos de ayuda al hombre del penal.

Decía César Pratesi al Congreso Penitenciario Internacional de Estocolmo, «Voy a ver a un hombre, al cual me parecería si Dios me hubiese dejado de su mano, tiene el programa más completo de su misión, y no le faltarán palabras de esas que llegan al alma», conteniendo la lección más profunda que puede recibir el visitador que las necesite. Es de gran valor que los presidentes de los patronatos conozcan ese mensaje de Prtesis. Todos los tipos de patronatos, los que conforman servicios religiosos, de ayuda material a reclusos y los que se ocupan de ellos en el tiempo de la liberación.

El visitador de recluso mucho puede aportar al tema del delito, al tema del delincuente; así con él decimos que el delito es egoísmo, un completo acto de egoísmo sobre cuya base prepara sus rapiñas, sus falsedades la calumnia, sus atentados la lujuria, y entre sus horrores la crueldad y la venganza; el delincuente tiene el doble egoísmo del desgraciado y del culpable, con más la propensión a ocuparse mucho de sí mismo quien se ve abandonado de todos. Para la fuerza pública, el delincuente es un hombre que persigue con objeto de prenderle; para el juez, es un hombre que ha infringido tal o tales artículos de la ley, y a quien hay que aplicar tales otros; para el empleado en la prisión, un hombre que permanecerá en ella meses o años, y que, según esté o no bien organizada, procurará que trabaje, que se corrija, o solamente que no alborote, ni se escape. El director de la penitenciaría, el empleado que comprende y quiere cumplir su elevada misión, necesitan y quieren saber algo más, y por lo que resulte de la causa se enteran de los antecedentes del penado antes de cometer el delito, de la clase y circunstancias de éste, de si es o no el primero, de su conducta en la cárcel, teniendo en cuenta además la que observa en la prisión.

El lenguaje del servidor penitenciario ha de ser inspirador para el recluso, debe influir en sus sentimientos, sin importar que muchos de ellos tienen el modo rudo de hablar o tengan pervertido el sentido moral; en estos casos el lenguaje debe ser sencillo, nunca grosero, pero llano, muy llano, poniéndose, en cuanto sea posible, si no a nivel, muy poco más arriba de aquel a quien se intenta convencer.

El visitador del preso es hombre de corazón y de caridad, y ha ser sincero y cauteloso todo el tiempo en contacto con los internos. Es correcto acercársele para impresionarle favorablemente, y hasta donde sea posible, inspirarle confianza. Y un trágico error el fingir creencias, sentimientos, ideas que no se tienen, suponiendo que al penado le conviene tenerlas, y que se le podrán inspirar fingiéndolas, sobre que repugna a la honrada franqueza, es un cálculo que saldrá errado por regla general, muy general; no es fácil ser buen cómico en la prisión. Pero la sinceridad, que es cosa esencial, no excluye la cautela; ni ficción, ni candidez, ni decir nada que no se piensa o se siente, ni decir todo lo que se siento, pienso o sospecha; ni rechazar como falso todo lo que dice el recluso, ni darle crédito sin pruebas de que dice verdad; los votos de censura y de confianza, tan aventurados en el mundo, lo son mucho más en la prisión; tomar nota de lo que diga el preso, dejarle decir con entera libertad, sin contradecirle, sin interrumpirle.

También hay que pensar en la influencia de las ideas y de las creencias de los servidores penitenciarios. Es sabido que las ideas se defienden y se combaten entre unos pocos; las escuelas tienen maestros y discípulos, pero los sistemas penitenciarios no tienen  partidarios. El visitador, crea lo que crea y piense como piense, no debe dar como resueltos para el preso los problemas que él ha resuelto para sí y en el sentido en que los ha resuelto. Hay una divergencia de opiniones en los visitadores y el recluso, pudiendo ser el primero fatalista y el recluso no. Si el recluso no desea la visita de su protector para que le corrija, o para que le consuele, es porque no se ha insistido no se tiene la menor influencia para la enmienda. Recuérdese que para el penado que está en la prisión o sale de ella, aunque sea la misma organización, no es la misma persona que delinquió; es o puede ser aquella otra que existía antes de cometer el delito; debe serlo, al menos, si la prisión no es corruptora y hace crónico un mal pasajero.

Los servidores penitenciarios suelen variar las clasificaciones de los delincuentes en relación a los otean el problema desde fuera; se considera en el delincuente un hombre que corregir, un hombre que castigar, un hombre que temer, un hombre incorregible, un hombre que da origen de gastos improductivos, un hombre que puede utilizarse, un organismo que necesariamente hace mal, un espíritu que puede reaccionar contra el mal hecho y hacer bien, las clasificaciones han de variar a compás, no sólo de las opiniones del clasificador, sino también según el fin que se propone. El visitador tiene, en cierto sentido (aunque en otro sea muy vasta), una esfera menos extensa de clasificación, puntos de vista más próximos, fin que se propone más concreto, y las amonestaciones de la realidad, que no puede desoír, cortan los vuelos a muchas osadías de la abstracción. Consolar a un desgraciado, amparar a un desvalido, procurar la enmienda de un culpable, es su objeto y determina su clasificación.

Al hombre privado de libertad, le clasifica como desgraciado;
Al culpable y desvalido, le clasifica como débil;
Al delincuente, le clasifica como necesitado de corrección.
Compadece, ampara: sobre esto no reflexiona ni vacila. ¿Y corregir? ¿Es corregible aquel penado? ¡Quién sabe! Tal vez lo sea, tal vez no. ¿Quién sin temeridad puede asegurar lo uno ni lo otro?

Tal como expresara Ammitzboel, director de la Penitenciaría de Uridsloeselille (Dinamarca), en el Congreso penitenciario de San Petersburgo: «He tenido bajo mi dirección tres mil penados, y no he conocido uno solo que fuese incorregible».

Hasta aquí el cortejo y nuestro reconocimiento a los servidores penitenciarios. Deseo ahora citar a doña Concepción Arenal, en su extraordinario libro Visitador de Presos, en sus palabras finales, cuando dice: «Si alguna vez la sociedad no se hace cómplice de ningún delito; si no impone al delincuente más pena que la justa; si le envía al visitador, apóstol de abnegación, para que le consuele y procure combatir su egoísmo, aquel día habrá hallado eco en el mundo la voz divina que decía en la montaña: Amad a vuestros enemigos». 

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