sábado, 26 de abril de 2014

Recuerdos de las cárceles trujillistas


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GIANNELLA PERDOMO PÉREZ

Escritora

Sobre mí

Laboré 17 años en la Corporación Dominicana de Electricidad y 8 años en la UASD. Escribo quizás por genética o porque mis excelentes profesores ayudaron a desarrollar esta habilidad. Escribo como un hobbie, además de considerar la importancia en dilucidar temas que puedan beneficiar a la sociedad de nuestro país. No pertenezco a ningún grupo político y creo en Dios. Actualmente disfruto de la tercera edad y el retiro aplicado por mis años de trabajo en instituciones del Estado.
Durante años, a partir del apresamiento de mi padre, Eugenio Perdomo Ramírez,  acaecido el 25 de enero del año 1960, en la ciudad de Santiago de los Caballeros, hemos conservado historias y legajos que en la actualidad deben divulgarse, a fin de conocer episodios de nuestro reciente pasado histórico. En tal sentido, con relatos de quienes compartieron prisión con él, es preciso emprender un vuelo hacia el pasado y situarnos en aquellas horrendas cárceles y no menos dantescos centros de torturas trujillistas.
Cárcel de ¨La Victoria, moría la tarde del domingo 31 de enero o del lunes 1ro. de febrero del 1960; los allí prisioneros, integrantes del develado Movimiento Clandestino 14 de Junio, se disponían a cenar.  Un militar interrumpe y reclama la presencia de Eugenio Perdomo Ramírez, quien se levanta y es conducido al área de torturas de la aterradora prisión “La 40”.
Leandro Guzmán, testigo presencial de los hechos, entre las páginas 126-132, de su libro “De espigas y de fuegos”, de quien con gran respeto reproduzco, nos acerca a la escena: “Se nos ¨invitaba¨, según dijera Candito Torres, a un "ajusticiamiento revolucionario”. (Candito Torres, segundo jefe del Servicio de Inteligencia Militar-SIM).  

“En la sala de torturas a donde nos llevaron estaba Eugenio Perdomo sentado en la silla eléctrica, atado de piernas y brazos…. El periodista  no quería cumplir la encomienda de accionar un lazo con un pedazo de madera que aprisionaba el cuello del detenido… Le llamábamos ¨tortol¨ y,  efectivamente, hacía las veces de un torniquete asfixiante. 

“Perdomo, aunque atado, se debatía en busca de aire… El periodista apretaba y apretaba más el ¨tortol¨, al conjuro de las exhortaciones perversas de los torturadores…” (Johnny Abbes García, Jefe del SIM y Candito Torres). 

“Perdomo cayó, al fin, en los estertores de la agonía, hasta que sus pulmones y su corazón se paralizaron. 

“Me obligaron a recoger el cadáver de Perdomo para llevarlo hasta el baúl de un carro de dos puertas, Chevrolet…  Mis fuerzas no alcanzaban para mover el cadáver de Perdomo.  Intervino un esbirro llamado Flicho Palma…. Pensé que mi vida concluiría pronto: había sido testigo de una ejecución y eso equivalía, normalmente durante el trujillato, a una sentencia de muerte. 

“… Abbes García le ordenó a un subalterno que al día siguiente llevaran al Periodista a su oficina en la avenida México, para entregarle una pistola y asignarle una serie de ¨misiones¨ que debería cumplir”.  Ante esta propuesta respondió: “que estaba dispuesto a aceptar lo que él ordenara". 

El periodista en cuestión  respondía al nombre de Rigoberto Belliard, amigo de Eugenio, con quien compartía mesa familiar en varias ocasiones.  Belliard, acusado por Leandro Guzmán ante los tribunales  de Santiago de los Caballeros, juzgado y condenado a varios años de prisión, puesto en libertad misteriosamente, viajó a los Estados unidos, donde encontró su muerte por razones que desconozco.  

Leandro concluye: "Estar en La 40 equivalía a vivir dentro de la propia muerte.  Raros eran los días en que allí no se mataba, se mutilaba o se pervertía a alguien.  Unas horas después del estrangulamiento de Perdomo, asesinaron a Angel Russo, un hombre decente, un militante que tenía antecedentes antitrujillistas de larga data... Los esbirros me obligaron después a ponerme la ropa de Russo. Más aun,… fui forzado, en medio de gritos y amenazas, a tomarme su ración: un chocolate de agua  y un pan".    

Los cadáveres retirados de ¨La 40¨, algunos descuartizados, posteriormente eran depositados en las incineradoras utilizadas para la quema de basuras, ubicadas en las cercanías de la cárcel o en el área occidental del puente Juan Pablo Duarte, para su cremación y/o lanzados al mar, hoy autopista "Las Américas",  como alimento de los tiburones que merodeaban la zona. 

Eugenio Perdomo Ramírez y Leandro Guzmán, fueron vecinos por varios meses, en Santiago de los Caballeros, razón por la que se conocían muy bien. Visité al Ing. Leandro Guzmán, en sus oficinas en Santo Domingo, el 11 de abril del 2011, ¡encuentro de minutos imborrables!  Cargado de emoción, comentó las vivencias descritas en su libro, además de ricas estampas familiares, según recordó:  "En algunas ocasiones, a ustedes  les invité a nuestra casa -se refería a mi hermana menor Elia Celeste y el primito Tony- para comer conmigo y con María Teresa.   ¡Y justamente a Leandro, como desgracia de vida, le obligan a presenciar la muerte de mi papá, su compañero político y vecino en ¨Los Pepines" de Santiago!  

En su oportunidad, Federico Andrés Lora Pérez, comentaba: “Giannella, sobre tu padre te diré que nos reunieron una tarde al anochecer en la cuarenta y Eugenio, que conocía a Vitico González, se nos acercó porque  el grupo de Santiago estábamos esposados juntos y comenzamos a hablar y nos dijo que casi no oía por los golpes que le habían dado en la cabeza y el oído, lo cual era muy común en la cuarenta pegarle por los dos oídos”.    

Adolfo Alejandro Franco Brito, quien intercambió con Perdomo unas cuantas palabras la posible  noche  de su ejecución, con recuerdos imborrables de horrendas vivencias, transcurridos 51 años, " regresa" a las celdas y refiere: ¨Nos obligaban a escribir nuestra declaración, a continuación de la que debíamos hacer oralmente.  Estas declaraciones se hacían  luego de haber sido sometidos a las acostumbradas sesiones de bárbaras y a veces sangrientas torturas: golpes, extracción de uñas, descargas eléctricas utilizando el ¨bastón¨, aplicadas en la zona genital, entre otras".

José Israel Cuello Hernández, más explícito, escribía: “Tu papá no dejó ropa ni libros, ni cartas ni maleta y mucho menos colchoneta porque de nada de ello disponíamos en las condiciones de las cárceles de aquella época.
“Al llegar a La 40, lo primero que se hacía era el despojo de toda vestimenta, absolutamente de toda. Al único que alguna vez vi con alguna permisividad en el vestuario fue a Cayeyo Grisanti, precisamente en la celda de La Victoria desde donde fue retornado a La 40  tu padre junto al seminarista Papilín Peña González para ser asesinados. Tenía Cayeyo un soporte para contener el brote de una hernia inguinal como toda vestimenta; un pedazo de cinturón que no cubría nada, por supuesto.
“Yo a tu papá no le vi en La 40, porque probablemente llegó allí antes que yo, que fui detenido el 21 de enero en la madrugada, poco después de las seis de la mañana y pienso que él llego dos o tres días antes e interrogado entonces.
“Fuimos sí trasladados todos a La Victoria la noche tenebrosa del 30 al 31 de enero de 1960, después de que se produjera el asesinato de la mayoría de "los panfleteros" a algunos de los cuales dejamos vivos en el patio de aquel recinto cuando éramos empujados al hacinamiento dentro de las "perreras" de la policía, esposados de dos en dos.
“Al llegar a La Victoria nos llevaron a las zonas de sus "solitarias", mucho más amplias que las de La 40, pero mucho más sucias y repugnantes que aquellas por su tiempo de uso. Mientras las de la casa de torturas tenían un pequeño baño en cada uno, relativamente nuevo, las de La Victoria carecían de tal exquisitez, lo que obligaba a los prisioneros a hacer las necesidades fisiológicas en una lata vacía de aceite de maní que no se diferenciaba en nada de otra destinada al agua "potable” para beber y a una tercera contentiva de un menjurje que en la mañana y noche consistía en harina de trigo hervida y sin condimentos y a mediodía de un sopón donde era frecuente un condimento aterrador en la penumbra de aquel recinto: los ojos de las vacas.
“En primera instancia nos colocaron en grupos de seis a ocho en cada celda, muy holgados, pero esa misma noche nos consolidaron en paquetes de treinta o más, de manera que en muchos casos hubo que alternarse para dormir acostados.
“En esa celda de consolidados conocí, entre otros, a don Eugenio, cuando procedimos a identificarnos dentro de la más absoluta y tenebrosa oscuridad, y no sólo por el nombre sino por las ocupaciones así como por los vínculos familiares.
“No fue esa misma noche que se los llevaron, a Papilín y a él,  decía, porque la primera dosis de latas que recibimos merecieron la bendición de Papilín, que era seminarista, y no podía ser esa noche primera porque fue muy hondo en su espesura que se produjo el traslado.
Cuando llegaron las latas, una con agua, otra con la harina y la tercera evidentemente empleada antes en heces fecales, todo el mundo las miró con cierta indiferencia. ¡Nadie las tocó! hasta que Papilín tomó la de harina, la bendijo diciendo que: “esa era la comida y que no debíamos debilitarnos”, tomando de inmediato un trago de aquello sin ocultar la repugnancia.
“En esa celda estaban los que luego constituyeron en gran medida el primer grupo de prisioneros llevados al Palacio de Justicia para la farsa de un juicio en que se nos condenó a todos a 30 años de prisión y a 600 mil pesos de multa pagaderos a peso por día.
“Unas horas después, tu papá y Papilín fueron sacados juntos de la celda y llevados, es de suponer, a La 40, donde no tengo idea de si alguien les vio y presumiblemente allí murieron".
En el intercambio de recuerdos, José continúa relatando: "El de Freddy se complementa con el mío en el detalle referente a los dos días que estuvimos juntos, que yo no pude precisar antes pero que, al leer el suyo, pude recordar. O sea, no fueron devueltos a La 40 la misma noche de la llegada, y la fecha de Freddy es también más precisa, fue del 29 al 30 el traslado tenebroso. Los detalles de Leandro sobre su muerte son espeluznantes y la pieza utilizada para la ejecución aparece en los catálogos universales de la infamia como "el garrote vil" muy empleado en la Guerra Civil española".
Freddy Bonnelly, revolviendo sus vivencias, nos facilita datos de igual valor, al comentar: " Comparto casi todo lo dicho tanto por Leandro como por  José, excepto con la fecha.  Como te dije, donde por primera y única vez que vi a Eugenio fue cuando nos llevaron desde "La 40"  a "La Victoria" el día 29 de enero, en la media noche, amaneciendo el 30; lo que no puedo precisar es si transcurrieron uno o dos días, es por eso que digo que pudo ser el 31 de enero o el 1ro. de febrero del 1960.
“Ya en la ¨La Victoria¨, nos introdujeron a la solitaria de más o menos 6 pies de ancho por algunos 12 de largo.  Nos metieron a 18 totalmente desnudos, en algunas  otras celdas metieron hasta 22.  Como no podíamos acostarnos todos, ya que el espacio no daba, Eugenio y yo nos quedamos parados hablando casi toda la noche, en espera de que algunos se despertaran y nos dieran el espacio.  Hablamos mucho pero no puedo recordar lo que dijimos.  Si sé que me dijo que era de Santiago y que tenía familia.   Lo que no puedo precisar es si fueron uno o dos días, por eso digo que pudo ser el 31 de enero o el 1ro. de febrero del 1960, porque vinieron a buscar a Eugenio, en la tardecita, para llevarlo a La 40, antes de la hora de cenar en la referida área.  Al poco tiempo, cuando nos dieron visita, Leandro me contó cómo sucedió.”
“Entre los que ocupábamos esa celda—sigue contándome Freddy Bonnelly-- estaban Cayeyo Grisanti, Luis Ramón Peña González, (a) Papilín, mi hermano Carlos Sully, José Cuello, Feliz Germán, Manolito Baquero, Villamán Olsen, Sully Martínez Bonnelly, Moncho Imbert, Alfredo Bergés, René Del Risco Bermúdez, Paquitín Noriega, yo y seis más cuyos nombres no recuerdo.  No recuerdo que a Papilín se lo llevaran ese día.  Él fue quien inició rezar el rosario y a lo que yo recuerde, se lo llevaron varios días después de esto y lo trajeron de nuevo a la celda.   Él nos dijo que querían obligarlo a declarar  que Mons. Pepén estaba involucrado pero que  no lo hizo.  Según recuerdo fué el 30 o 31 como a las 6 de la tarde que lo vinieron a buscar. ¡No  volvimos a verles!”
Sin mayor trascendencia en precisar las fechas, a finales de enero o principios de febrero del 1960, lo que sí importa registrar es que Eugenio Perdomo Ramírez y el seminarista Luis Ramón Peña González, (a) Papilín, de manera vil y cobarde fueron  salvajemente “ajusticiados” en la abominable cárcel “La 40”.
Estas notas testimoniales, motivan para dar a conocer las experiencias que muchas familias, -y sin mejores opciones-,  debimos asimilar durante la ¨Era Gloriosa¨ del ¨Padre de la Patria Nueva", justo en este nuevo enero, cuando en aquel fatídico del 1960, la Patria se vistió de luto y dolor por la pérdida de muchos de sus hijos que trataron de reconquistar las libertades heredadas de Don Juan Pablo Duarte y su grupo Trinitario; y tantos otros que conforman la Raza Inmortal, sin olvidar a los hombres y mujeres que integraron el  Movimiento  Clandestino 14 de Junio, muchos de los cuales jamás regresaron a sus hogares y a la fecha se desconoce el destino final de sus cadáveres. ¡Que no se pierda nunca nuestra memoria histórica!  ¡Loor a los Panfleteros de Santiago y a los Mártires que lucharon por una mejor nación!

2 comentarios:

  1. Desde la época de Trujillo hasta hoy, los recuerdos de La 40, la cárcel ubicada en el sector de Cristo Rey y ahora espacio de una escuela y la iglesia San Pablo, son imborrables.
    Ser un opositor al régimen entre el 1930 al 1961 era condenarse a la muerte. La mayoría de quienes lo hacían no se escapaban de los métodos antihumanistas empleados por los secuaces de Trujillo, quienes pretendían averiguar cualquier intento de conspiración planeado contra el tirano.
    Momentos desagradables, malas noches, dormir incómodos, estar desnudos y sufrir por los maltratos, eran algunas de las cosas padecidas por los mártires pertenecientes al Movimiento Revolucionario 14 de Junio.
    El historiador Neido Nova cuenta que esa cárcel era un centro de terror y tortura para los opositores del régimen. “Otra cárcel similar es la cárcel de 9, estaba ubicada en la avenida Mella, del kilómetro 9”.
    Trasladar a los presos dependía de los jefes de servicio en el centro penitenciario, por lo general el interés de hacerlo era un secreto. “La idea era enarbolar la democracia como sistema político pero todo el mundo sabía que era una dictadura en su práctica, basada en terror, crimen y destierro”, aclara.

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  2. La cárcel la 40 fue expresión extrema de la represión, el abuso de poder, crueldad, control y represión social en la dictadura. El sector militar, los intelectuales, lo apoyaron”, expresa Jaquelin Álvarez, antropóloga e historiadora, refiriéndose a Trujillo.
    La silla eléctrica era el método de tortura más usado, para sacar la confesión. Todavía se puede ver en el sótano (de lo que antes era una cárcel) las manchas ensangrentadas y la marca de los tiros que se disparaban”, afirma Nova.
    En la actualidad la silla original se encuentra en el Museo del Hombre Dominicano. El Museo de la Resistencia tiene una réplica. Además, estaba el tubo eléctrico usado en ese entonces para producir intenso dolor físico (lo aplicaban sobre todo en las mujeres, en su parte íntima).

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